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E
l nueve
de marzo del año 1911 la re-
vista “The New England Journal of Me-
dicine” publicó un artículo acerca del
empleo de Salvarsán® en un cuadro
clínico de pénfigo crónico, enfermedad auto-in-
mune contra las células de la piel que se expre-
sa en ampollas y úlceras cutáneas. Una semana
después, un capitán médico,
Harold Jones
, dio
a conocer la administración de Salvarsán® a
veinte soldados diagnosticados de sífilis en el
Walter Reed General Hospital (1)
. En la comuni-
cación se daban los nombres de los soldados,
algo impensable hoy día, pero que no estaba
mal considerado hace un siglo.
Durante los años siguientes se produjo una ava-
lancha de publicaciones sobre Salvarsán®, la
“bala mágica” como de sólito se denominaba
(2). Sin embargo, la aceptación del Salvarsán®
en la praxis médica no fue inmediata (3). Los
derivados mercuriales seguían teniendo gran
predicamento, aunque poco a poco terminaron
siendo desplazados por los derivados arsenica-
les en la práctica clínica. El desarrollo del Sal-
varsán® por
Paul Ehrlich
llegó en el momento
oportuno. Situémonos en la época: hacía pocos
años que
Louis Pasteur
y
Robert Koch
ha-
bían demostrado de modo indubitado el origen
microbiano de las infecciones; en esos mismos
años el descubrimiento del poder anestésico del
éter dio comienzo a la era quirúrgica; y, casi al
mismo tiempo, los trabajos de
Wilhelm Röent-
gen
y
Marie Curie
sentaron las bases teóricas
para el desarrollo de las técnicas radiográficas
y, con ellas, una visión como nunca hasta en-
tonces de las estructuras corporales en orga-
nismos vivos. Tal vez sea justo reconocer que
estos progresos científicos dieron inicio a la me-
dicina moderna.
El concepto de “bala mágica” surgió a partir
de la Histología, en aquella época una entidad
científica independiente que dio lugar a trascen-
dentes progresos, a la vez que bellos tratados.
Una observación de los estudios histológicos
era que determinadas técnicas de tinción per-
mitían discriminar entre distintos tejidos. Se infi-
rió que sería factible desarrollar sustancias que
actuasen de manera específica sobre tejidos y
órganos, soslayando otras estructuras tisulares.
Y por extensión, se supuso que sería posible
hallar sustancias capaces de actuar específica
y discriminatoriamente sobre microorganismos
sin afectar a las estructuras corporales. En esta
premisa se fundamentaba el concepto de “bala
mágica” que tanta importancia tuvo en el desa-
rrollo ulterior de la farmacología.
El empleo de compuestos arsenicales en el ám-
bito médico nos retrotrae al Imperio Romano. En
los escritos de
Hipócrates
se menciona el uso
medicinal de oropimente, un mineral de trisul-
furo de arsénico (As
2
S
3
). La terapéutica a base
de preparados arsenicales perduró a lo largo de
la Historia. Hace ahora dos siglos se formuló la
“solución Fowler”, empleada para diversas pato-
logías, entre ellas las leucemias. Y en fecha tan
reciente como el año 2000 la
Food and Drug Ad-
ministration (FDA),
la agencia del medicamento
de Estados Unidos
,
autorizó la prescripción de
trióxido de arsénico (As
2
O
3
) para el tratamiento
de la leucemia polimielocítica.
Antoine Béchamp
preparó en el año 1869 una
mezcla de arsénico y un tinte, al que añadía
tinción de anilina para atenuar la toxicidad. Es-
te preparado quedó relegado al olvido durante
casi 40 años, hasta que fue redescubierto por
Walter Schild
, médico germano, quien lo em-
pleó con el nombre de
Atoxyl
® para diversas
afecciones dermatológicas. La denominación
Atoxyl
® hacía referencia a su “ausencia” de toxi-
cidad que, no obstante, sería inaceptable según
los criterios actuales (4).
Harold Wolferstan
Thomas
, del
Liverpool School of Tropical Me-
dicine
, ensayó
Atoxyl
® a partir del año 1905 en
el tratamiento de la tripanosomiasis o enferme-
dad del sueño.
Paul Ehrlich retomó los trabajos de Harold Wol-
ferstan Thomas, formando un equipo de trabajo
junto a
Sahachiro Hata y Alfred Bertheim
, a
quienes me referiré más adelante. Este triunviro
de científicos buscaba sintetizar un compuesto
menos tóxico que
Atoxyl
®, que pudiese ensa-
yarse en animales de experimentación (ratones).
Compuestos arsenicales
En el año 1858,
David Livingston
, médico y mi-
sionero escocés, además de renombrado explo-
rador de África Central -hasta entonces una
terra
incognita
-, comenzó a usar la
Solución Fowler
(preparado de arsenito potásico (KAsO
4
) al 1%)
para aliviar la sintomatología de la enfermedad
del sueño (5). Este uso se impuso tras la de-
mostración de
David Bruce
en el año 1896 de
que los tripanosomas desaparecían de la san-
gre de animales afligidos por
nagana
, una de
las denominaciones con que era conocida la en-
fermedad del sueño. Por aquella época se pen-
saba que las distintas manifestaciones clínicas
de la enfermedad del sueño, que afectaba tan-
to a animales como humanos, eran patologías
diferentes. Sin embargo, se trata de una única
enfermedad, causada por un número limitado
de especies del género Trypanosoma, proto-
zoos parásitos transmitidos mediante la pica-
dura de la mosca hematófaga
tsé-tsé (
diversas
especies del género
Glossina)
. La parasitosis se
expandió de forma epidémica en el cuatrienio
1886-1890 en las zonas boscosas centroafrica-
nas, incrementándose su incidencia del 13% al
73% aproximadamente. Se temió entonces que
la enfermedad podría llegar a despoblar los paí-
ses del centro del continente, todos ellos, a la
sazón, colonias europeas. Solo en lo que hoy
día es Uganda, se estima que la tripanosomia-
sis mató a más de 250.000 personas durante las
dos primeras décadas del siglo XX.
A finales del siglo XIX
, Alfred Lingard
, en
Muktesar, India (entonces colonia británica), en-
sayó la
Solución Fowler
en caballos infectados
por un tipo de tripanosomiasis denominada
su-
rra
. Tres años después, en 1902,
Felix Mesnil
,
entonces en el Instituto Pasteur de París, logró
infectar ratones con tripanosomas. La inyección
con la sal sódica del ácido arsenioso (sal sódica
del AsO
4
H
3
) en estos ratones lograba una rápida
desaparición de los tripanosomas de la sangre
periférica de los roedores, pero los parásitos re-
aparecían rápidamente causando la muerte de
los animales irremisiblemente (6).
Antoine Béchamp sintetizó en el año 1869 la
sal sódica de la meta-anilida del ácido fenilar-
sónico, siendo comercializado por el laboratorio
Vereinigte Chemische Werke
, en Charlottenburg,
afirmándose que era mucho menos tóxico que
cualquier otro preparado arsenical usado con
anterioridad. Se le denominó
Atoxyl
®, al que ya
me he referido con anterioridad.
Un siglo de SALVARSÁN®:
una historia apasionante
Sección
Científica
José Manuel López Tricas y Ángela Alvárez de Toledo Bayarte.
Farmacia Las Fuentes.
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