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Mariano Giménez Zuriaga
Vicepresidente
del COF de Teruel
COF
Teruel
Precios POTEMKIN
No se dolió de que el gobierno no los hubiera ayudado. Al contrario, se alegraba de que hasta
entonces les hubiera dejado en paz, y esperaba que así siguiera haciéndolo, porque ellos no habían
fundado Macondo para que el primer advenedizo les viniera a decir lo que tenían que hacer.
Gabriel García Márquez
, Cien años de soledad
C
omo en “El Espíritu de la Colmena”, la ge-
nial película de
Víctor Erice
, los niños de mi
generación estábamos llenos de misterios y
suposiciones. El mundo exterior apenas lo
conocíamos salvo por el NODO, o por el cine america-
no, que nos llegaba pasado por una doble censura, la
suya propia, llamada código Hays, y la nuestra, la del
“nihil obstat”.
El no conocer la realidad excitaba nuestra imaginación,
que siguiendo las leyes de Lamarck, alcanzó el máximo
desarrollo.
Entre los arcanos que criábamos estaba la película
“Acorazado Potemkin”, del director ruso
Eisenstein
,
que en todas las listas figuraba entre las 10 mejores de
todos los tiempos.
Sobre ella había leído muchas críticas años antes de
haberla visto, pues estuvo prohibida en este país has-
ta la llegada al poder de nuestro rey actual. Sabía que
era el paradigma del cine comunista, que su personaje
principal era el pueblo, nadie en concreto (¿un tempra-
no descubrimiento del concepto ciudadanía?, término
favorito de la neolengua de la post Transición). Sabía
que escenas como la caída de un carrito con un bebé
dentro, por la escalinata de Odessa, abandonado por
su madre, muerta por la represora policía zarista, había
sido un avance de años en la historia del cine. Como
tantos, casi me la sabía el primer día que la vi.
Tardé muchos años más en saber quién fue
Potemkin
.
Resultó ser un ministro de
Catalina La Grande
, aquella
princesa alemana genial, que tras asesinar a su marido
el zar, gobernó Rusia con mano de hierro, y la hizo gran-
de, como su apodo.
Potemkin, como General, anexionó Crimea a Rusia,
hecho cuya importancia a nadie debe escapársele hoy.
Después, en un viaje memorable, se la enseñó a la zari-
na, y para que ella disfrutase (también la hacía disfrutar
en la cama) creó pueblos falsos, decorado puro, que
son los únicos que le enseñaba, haciéndola creer que
las condiciones de vida de los súbditos, que la realidad
de Rusia, eran mucho mejores de lo que de verdad eran.
El invento de Potemkin debe estar libre de patente,
como la fabricación de genéricos, y se utiliza en muchas
otras versiones.
Al Parlamento Europeo que votaremos un día de estos,
un conocido columnista le llamó recientemente Parla-
mento Potemkin, puesto que existe solo para que crea
la ciudadanía (ya no existimos los ciudadanos) que par-
ticipa en las decisiones de Europa, cuando no es cierto,
porque las toma el Consejo de la Unión Europea, que
reside en Bruselas, y es elegido por los gobiernos nacio-
nales, nunca por el Parlamento de Estrasburgo. Este es
solo un cementerio de elefantes, escenario digno de una
tragedia de
Shakespeare
. Después, encima, cada país
aplica las decisiones con ubérrima libertad.
Pero dejemos volar la imaginación, se me ocurre, por
ejemplo, que “disfrutamos” en nuestros medicamentos
de precios Potemkin. Estos precios son tan falsos como
aquellos pueblos de Crimea que veía nuestra amada
Catalina, y se supone que pretenden engañar a alguien,
que mucho me temo sea tan solo a nosotros mismos.
En estos momentos, su ridículo importe casi solo tie-
ne efectos nocivos. Es evidente que los precios de los
medicamentos no cubren los costes que generan su fa-
bricación y comercialización. Muchos no los sirven los
laboratorios, otros se marchan a los hospitales, algunos
se suministran de manera intermitente, como los géise-
res de Yellowstone, el parque del oso Yogui. A la Distri-
bución la tienen casi quebrada, pues tiene que mover
miles de cajitas con un margen ridículo, que puede lle-
gar a un solo céntimo por caja. Y a los ciudadanos, per-
dón ciudadanía, pretenden hacernos creer que no hay
medicamentos por la exportación, se nos intenta con-
fundir la causa con el efecto, invirtiendo la causalidad,
en una pirueta digna de
Nadia Comanesci
. Se exporta
porque son baratos, y no hay porque no son rentables.
Creo que viene una nueva ley de precios de referencia,
que aún pretende reducirlos más. Como en aquellos lí-
mites que estudiábamos en matemáticas, el de los pre-
cios se acerca al cero.
En una reciente cena de farmacéuticos, uno era miem-
bro de la comisión que decide qué medicamentos nue-
vos se pueden utilizar en los hospitales de esa comu-
nidad autónoma, y llegó hasta el extremo. Sin ningún
apuro, afirmó que en su comunidad iban a servir a las
residencias sociosanitarias desde los hospitales porque
era mucho más barato que desde las oficinas de farma-
cia. Cuando alguien le pidió que lo cuantificase, lejos
de hacer cuentas, dijo que a menudo, los laboratorios
les suministrarían los medicamentos a coste cero. Y se
quedó tan fresco.
Confieso ser un extraterrestre, o estar en el universo de
la antimateria, o quizás al otro lado del espejo. Todo
aquello que los niños de mi generación, como en “El
Espíritu de la Colmena” creíamos que nos sucedía, se
queda en nada al lado de esto. En el mundo de verdad,
nada existe a coste cero, este mundo debe ser otro.
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A la
Distribución
la tienen casi
quebrada, pues
tiene que mover
miles de cajitas
con un margen
ridículo, que
puede llegar a
un solo céntimo
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