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Bifar

P

inceladas de historia

Del medicamento

de puchero al

fármaco de diseño

vulgares (momificados con pisasfalto y

que tenían menos propiedades). No sé

si los detractores del genérico empeza-

ron por esta época,...Y aunque pueda

parecer mentira, los remedios a base de

momias (o sea, de cadáveres) se man-

tuvieron hasta el siglo XVII.

En la Edad Media había remedios muy

exclusivos, como las piedras preciosas,

la famosa mandrágora o el mismísimo

cuerno de unicornio (desconozco dónde

lo conseguirían, pero es curioso consta-

tar que se siguió empleando hasta entra-

do el siglo XVIII).

Si en el Renacimiento sufrías de epilep-

sia podías acabar con una receta a base

de aceite de cráneo humano (vaya con

el “similia simibilus curantur”) y, gracias

al auge de la química aparecieron reme-

dios como el calomel, el sulfato de mer-

curio o la manteca de antimonio.

Por otra parte, la iglesia repartía bendi-

ciones para curar el alma, pero sin olvi-

darse de los remedios para hacer más

llevadera la espera en la Tierra hasta la

llegada de la vida eterna. Estaban los

polvos de los jesuitas (a base de quina),

de los capuchinos (cebadilla, espuela

de caballero y tabaco), de los cartujos

(quermes mineral), etc. No deja de llamar

la atención la gran cantidad de polvos

que salían de las boticas monacales por

aquellos tiempos.

Pero las extravagancias no son cosas de

muchos siglos atrás. En el XIX eran codi-

ciados los dientes de los ahorcados. Y

pasarte la mano de uno de esos mismos

ahorcados por la boca y el pecho curaba

el asma (o eso se decía por Inglaterra en

aquellos tiempos, aunque ya se sabe lo

sensacionalista que ha sido siempre la

prensa británica...).

Y por eso, cuando me peguntan si el

jarabe sabe bueno me encojo de hom-

bros. El jarabe cura, es lo primero que

me viene a la mente contestar. Pero aca-

bo diciendo que esto de los sabores es

tan personal como lo de los colores.

l

˝¿Me lo ha puesto en sobres? ¡Vaya! ¿Y

no me lo puede dar en pastillas? Yo es

que lo de los sabores lo llevo fatal,...˝,

responde el paciente al ver la caja sobre

el mostrador. Entonces uno piensa en los

remedios que se estilaban antaño y...

El tema empezó bien, con remedios

que, independientemente de su capaci-

dad curativa, incluso nos llegaríamos a

tomar hoy en día. Así, en el primer tex-

to médico conocido aparecen fórmulas

y normas de elaboración con ingredien-

tes como la corteza de manzano, acei-

te de cedro, vino, cerveza, miel, leche,

cera, sal,...

Pero claro, ese deseo innato e irrefrena-

ble de la especie humana de innovar, de

buscar algo distinto, propició la aparición

de remedios como la sangre de gladia-

dor que empleaban los griegos contra

la epilepsia. Los egipcios, por su parte,

se decantaban por el cerebro de cerdo,

la vulva de perra y las excreciones de

cocodrilo.

En Roma estaba la famosa triaca, un

polifármaco que podía superar los 70

ingredientes, más bien guardados que

la fórmula de la Coca Cola (de inven-

ción farmacéutica, por cierto), pero que

se sabe que incluía algunos ingredientes

como la carne de víbora.

La momia egipcia fue en su tiempo un

remedio muy apreciado.

Avicena

la

recomendaba contra la jaqueca, epilep-

sia, dolor de garganta, tos, palpitaciones,

abscesos y erupciones cutáneas, contu-

siones, náuseas, úlceras gástricas, como

antídoto contra venenos,... Y ojo, que no

era lo mismo la momia de los grandes

señores (cuyos cuerpos eran conserva-

dos con bálsamo, aloe, azafrán y mirra),

que la proveniente de cadáveres más

Texto:

Daniel de María

. Imagen:

Bernardo Sánchez

. Farmacéuticos.

En la Edad Media había

remedios muy exclusivos,

como las piedras preciosas,

la famosa mandrágora o

el mismísimo cuerno de

unicornio (desconozco

dónde lo conseguirían)