42
Bifar
P
inceladas de historia
Del medicamento
de puchero al
fármaco de diseño
vulgares (momificados con pisasfalto y
que tenían menos propiedades). No sé
si los detractores del genérico empeza-
ron por esta época,...Y aunque pueda
parecer mentira, los remedios a base de
momias (o sea, de cadáveres) se man-
tuvieron hasta el siglo XVII.
En la Edad Media había remedios muy
exclusivos, como las piedras preciosas,
la famosa mandrágora o el mismísimo
cuerno de unicornio (desconozco dónde
lo conseguirían, pero es curioso consta-
tar que se siguió empleando hasta entra-
do el siglo XVIII).
Si en el Renacimiento sufrías de epilep-
sia podías acabar con una receta a base
de aceite de cráneo humano (vaya con
el “similia simibilus curantur”) y, gracias
al auge de la química aparecieron reme-
dios como el calomel, el sulfato de mer-
curio o la manteca de antimonio.
Por otra parte, la iglesia repartía bendi-
ciones para curar el alma, pero sin olvi-
darse de los remedios para hacer más
llevadera la espera en la Tierra hasta la
llegada de la vida eterna. Estaban los
polvos de los jesuitas (a base de quina),
de los capuchinos (cebadilla, espuela
de caballero y tabaco), de los cartujos
(quermes mineral), etc. No deja de llamar
la atención la gran cantidad de polvos
que salían de las boticas monacales por
aquellos tiempos.
Pero las extravagancias no son cosas de
muchos siglos atrás. En el XIX eran codi-
ciados los dientes de los ahorcados. Y
pasarte la mano de uno de esos mismos
ahorcados por la boca y el pecho curaba
el asma (o eso se decía por Inglaterra en
aquellos tiempos, aunque ya se sabe lo
sensacionalista que ha sido siempre la
prensa británica...).
Y por eso, cuando me peguntan si el
jarabe sabe bueno me encojo de hom-
bros. El jarabe cura, es lo primero que
me viene a la mente contestar. Pero aca-
bo diciendo que esto de los sabores es
tan personal como lo de los colores.
l
˝¿Me lo ha puesto en sobres? ¡Vaya! ¿Y
no me lo puede dar en pastillas? Yo es
que lo de los sabores lo llevo fatal,...˝,
responde el paciente al ver la caja sobre
el mostrador. Entonces uno piensa en los
remedios que se estilaban antaño y...
El tema empezó bien, con remedios
que, independientemente de su capaci-
dad curativa, incluso nos llegaríamos a
tomar hoy en día. Así, en el primer tex-
to médico conocido aparecen fórmulas
y normas de elaboración con ingredien-
tes como la corteza de manzano, acei-
te de cedro, vino, cerveza, miel, leche,
cera, sal,...
Pero claro, ese deseo innato e irrefrena-
ble de la especie humana de innovar, de
buscar algo distinto, propició la aparición
de remedios como la sangre de gladia-
dor que empleaban los griegos contra
la epilepsia. Los egipcios, por su parte,
se decantaban por el cerebro de cerdo,
la vulva de perra y las excreciones de
cocodrilo.
En Roma estaba la famosa triaca, un
polifármaco que podía superar los 70
ingredientes, más bien guardados que
la fórmula de la Coca Cola (de inven-
ción farmacéutica, por cierto), pero que
se sabe que incluía algunos ingredientes
como la carne de víbora.
La momia egipcia fue en su tiempo un
remedio muy apreciado.
Avicena
la
recomendaba contra la jaqueca, epilep-
sia, dolor de garganta, tos, palpitaciones,
abscesos y erupciones cutáneas, contu-
siones, náuseas, úlceras gástricas, como
antídoto contra venenos,... Y ojo, que no
era lo mismo la momia de los grandes
señores (cuyos cuerpos eran conserva-
dos con bálsamo, aloe, azafrán y mirra),
que la proveniente de cadáveres más
Texto:
Daniel de María
. Imagen:
Bernardo Sánchez
. Farmacéuticos.
En la Edad Media había
remedios muy exclusivos,
como las piedras preciosas,
la famosa mandrágora o
el mismísimo cuerno de
unicornio (desconozco
dónde lo conseguirían)




