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sus estudios con el francio que había descubier-

to. Durante el largo período de su enfermedad

se convirtió desde su cátedra en un adalid advir-

tiendo de los horribles peligros de la radiación.

La cantidad de francio existente de modo natural

en todo el planeta tierra en un momento dado

¡apenas llega a 1 gramo! El francio se forma

a partir de la desintegración del actinio; pero

la vida media del francio es muy breve, des-

integrándose a su vez. Resulta amargamente

paradójico que los padecimientos de Margue-

rite Perey se debieran a un elemento que casi

no existe.

El francio llenó un hueco en la tabla periódica,

pero no tuvo contribución alguna en el área de

la medicina, como M. Perey esperaba. A partir

del francio, todos los descubrimientos de nuevos

elementos se han llevado a cabo en el laborato-

rio, ninguno en la naturaleza. Se pueden consi-

derar poco más que curiosidades científicas sin

aplicación conocida.

En las biografías de Marie Curie la grave anemia

que contrajo debido a su trabajo parece tener un

hálito romántico, a lo que contribuyó su estancia

en un sanatorio suizo donde fue tratada de lo

que los médicos diagnosticaron erróneamente

como tuberculosis. También contribuyen a esta

visión algunos libros, como

A Devotion to Their

Science

en que se escribe «…sacrificaron sus

vidas en el altar de la radiactividad».

El trabajo científico no se debería valorar solo en

función de los logros conseguidos, sino por el

coraje y tenacidad necesarios para seguir rutas

inexploradas asumiendo y controlando imponde-

rables riesgos emocionales.

l

una multa de 200 dólares por la venta de Last-

I-Go, vendido para “una virilidad espléndida”.

El análisis del producto demostró que contenía

estricnina

15

.

Tras la gira que Marie Curie realizó por todo

Estados Unidos en el año 1921, los tratamientos

radiactivos adquirieron una notable popularidad.

Y Bailey se apuntó a este prometedor negocio.

Tradujo al inglés el

Traité de Radioactivité

, que

Marie Curie había escrito en el año 1910; a la

vez que fundó la compañía Associated Radium

Chemist, InC., que comercializó toda una gama

de medicinas radiactivas: Dax, para la tos; Clax,

para la gripe; y Arium, para “metabolismos débi-

les”. Fundó nuevas empresas, tales como Thoro-

ne que producía extractos de páncreas “enrique-

cido” con torio y radio, y que se recomendaba

para “toda enfermedad glandular, metabólica o

producida por deficiencias químicas, en especial

la impotencia”. Otra de sus empresas, Labora-

torio Endocrino Americano, fabricaba Radioen-

docrinator, una especie de collar de oro y plata

conteniendo radio que se ceñía al cuello y se

recomendaba para “revitalizar el tiroides”. Pero

su principal éxito comercial fue Radithor, una

sencilla preparación de agua destilada enrique-

cida con radio. Con este producto se convirtió

en un hombre multimillonario. Y, a pesar de las

noticias que advertían, cada vez con más ahín-

co, de los riesgos asociados a la radiactividad,

el producto continuó siendo un éxito de ventas.

Nadie prestó demasiada atención a las conse-

cuencias que las pinturas con radio habían teni-

do en las trabajadoras de las fábricas de relojes.

Sin embargo, el deterioro físico de su más famo-

so usuario, Eben M. Byers, junto a las cada vez

mayores evidencias de los riesgos, dio lugar

a que la Agencia de Alimentos y Fármacos

(F.D.A.)

16

norteamericana abriese una investiga-

ción en el año 1928 en base a las demandas

contra Bailey. Finalmente, el 5 de febrero de 1930

le acusó de falsedad por “la falta de eficacia e

inocuidad de los productos comercializados”.

Bailey nunca fue procesado por la muerte de

Eben M. Byers, ni por ninguna otra de las gra-

ves consecuencias causadas por los produc-

tos de sus empresas. La Comisión Federal de

Comercio junto al empobrecimiento de la pobla-

ción causado por la Gran Depresión, dieron al

traste con el negocio del Radithor a finales del

año 1932. Acosado por la prensa y funcionarios

de salud pública, William Bailey se mudó, dedi-

cándose a variopintas tareas hasta su muerte

el 16 de mayo de 1949 en Tynsborough, Mas-

sachusetts.

En el Instituto del Radio de París estos hechos

parecían no preocupar demasiado, incluso tras

la muerte prematura de varios químicos, entre

ellos

Sonia Cotelle

, quien trabajaba con polo-

nio. El matrimonio Curie desdeñaba los riesgos

de la radiactividad, obviando los protocolos de

seguridad, limitándose a recomendar a los tra-

bajadores y científicos interrumpir su tarea con

breves paseos por el jardín. Cuando un periodis-

ta preguntó a Marie Curie por los casos de las

trabajadoras de la fábrica de Nueva Yersey, se

limitó a recomendar que tomasen más carne de

ternera para combatir la anemia.

Tras el descubrimiento del francio, Marguerite

Perey recibió una beca con la que se graduó,

doctorándose en la Sorbona en el año 1946. Tres

años más tarde llegó a ser jefe de departamento

de Química Nuclear en la Universidad de Estras-

burgo. Estudió los efectos biológicos del francio

en la esperanza de que pudiese ser útil para

un diagnóstico precoz del cáncer

17

. Tristemen-

te la enfermedad cancerosa le llegó muy pron-

to. Padeció durante tres lustros un prolongado

cáncer óseo

18

con metástasis que le afectaron

gravemente la visión, lo que le impidió continuar

BIBLIOGRAFÍA

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www.info-farmacia.com/recomendaciones-bibliogra-

ficas/textos-cientificos/un-regalo-de-la-medicina. En:

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hist. En:

www.info-farmacia.com

Casi a la vez que se promocionó el empleo

del radio para tratar el cáncer, se tuvo

conciencia de sus riesgos carcinogénicos

15 La estricnina es un alcaloide extraído de las semillas del árbol de gran porte de la especie

Strychnos nux-vomica

.

16 La Agencia norteamericana de alimentos y fármacos (

Food and Drug Administration

, más conocida por su acrónimo FDA) adquirió su prestigio

internacional a partir de la polémica, pero eficiente dirección de

James Lee Goddard

.

17 Basándose en que el francio se acumula en tejido canceroso de preferencia al tejido sano.

18 Los elementos radiactivos se acumulan en el tejido óseo, desde donde continúan desintegrándose durante el resto de la vida de persona

afectada.