Bifar
29
En general podría decirse que, salvo 17 días
tras la Revolución francesa (que suprime las
limitaciones pero que se desdice en menos
de 3 semanas al ver los abusos que estaba
ocasionando la nueva situación), la limitación
del número de farmacias, el precio de los
medicamentos y los requisitos profesionales
se mantuvieron en toda Europa hasta bien
entrada la Edad Moderna.
En definitiva, bien por imposición, bien por
negociación o bien por decreto, está claro
que nuestra profesión ha estado regulada
desde que se tiene conocimiento de la mis-
ma. Y aquí seguimos tras casi un milenio.
Y si el diccionario define orden como la
colocación de las cosas en el lugar que les
corresponde, ¿querría eso decir que sin una
ordenación adecuada no estaríamos en el
lugar que nos corresponde a día de hoy?
l
do...). Así por ejemplo, los aprendices deben
asistir dos veces por semana a clases para
poder considerarse aptos en el ejercicio de la
profesión. Destaca la ciudad de Montpellier,
donde se reúnen médicos de renombre, se
crea una cátedra de cirugía y farmacia y, un
siglo más tarde, una de química farmacéu-
tica. Las universidades irán consolidándose
en esto de acreditar la aptitud y poco a poco
la teoría irá ganando espacio al aprendizaje
diario con el maestro.
En Barcelona se prohíbe la práctica sin una
acreditación de dos años ejerciendo de for-
ma tutelada y se obliga a los farmacéuticos a
estudiar botánica y a realizar una investigación
trimestral sobre la flora local. Y ojo con quien
incumpliera las normas por aquel entonces
porque no se andaban con chiquitas. En Bar-
celona, llegando ya al siglo XVII, a quien se
le pillaba dejando de poner algún ingrediente,
almacenando medicamentos caducados o en
malas condiciones, directamente se le expul-
saba del gremio sin miramientos, se le negaba
el derecho a regentar una botica, se le confis-
caban las medicinas y se pregonaba por las
calles de la ciudad su infracción. Ríete tú de
las sanciones de ahora que, salvo barbarida-
des, se suelen arreglar con un sobreesfuerzo
económico y aquí paz y después gloria.
Pero hay cosas que no han cambiado des-
de hace siglos. Quien entraba en la Corte se
podía dar con un canto en los dientes. Ya
desde el siglo XII hay constancia del pres-
tigio que suponía trabajar para el Gobierno
(llámese cortesano antaño, funcionario aho-
ra), pues los boticarios reales gozaban de un
prestigio y de un nivel de vida muy superior
al del resto de sus compañeros de profesión.
Por ejemplo, hay constancia de que el séquito
de la mujer de uno de los boticarios de Jaime
I de Inglaterra incluía a cuatro sirvientes. ¡Eso
es nivel de vida y no el de los funcionarios de
ahora a los que tanto envidiamos!
En Alemania, ya desde el siglo XVII, la con-
cesión de farmacias era potestad guberna-
mental, concediendo la apertura de manera
personal (expirando con el fallecimiento) o
también heredable o vendible. Paralelamente
se establecieron restricciones territoriales y
controles en el precio.
En Barcelona se obliga a los farmacéuticos
a estudiar botánica y a realizar una
investigación trimestral sobre la flora local