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Mariano Giménez
Vicepresidente
del COF de Teruel
COF
Teruel
El desfile
C
reo que los españoles tenemos alma de
soldados. Al fin y al cabo, hemos tenido
durante varios siglos el mejor ejército del
Mundo. Hacia 1500, el Gran Capitán,
D.
Gonzalo Fernández de Córdoba
, uno de los mejo-
res generales que jamás hayan existido, al nivel de
Aníbal Barca
,
Julio César
y
Napoleón Bonapar-
te
, creó la mejor infantería del mundo, invencible des-
de las batallas de Ceriñola y Garellano, pasando por
Pavía, Mühlberg, San Quintín, Gravelinas, hasta Nör-
dlingen, ya en la Guerra de los Treinta Años. Enormes
militares como
Filiberto de Saboya
, el
Duque de
Alba
,
Alejandro Farnesio
, y el
Cardenal Infante
,
entre otros, deben su gloria a la capacidad de aque-
llos Tercios de vencer en todos sus combates.
¡Qué daño causó
Federico Trillo
a las esencias
patrias cuando nos quitó la mili! Aquel año de la
juventud que serviría toda la vida para dar motivo de
conversación a los hombres cuando no tuvieran de
qué hablar.
Algo que se hacía en la mili, si se hacía algo, era
desfilar, lucir el tipo en formación. Aunque de natural,
anárquicos, los españoles marcamos el paso como
ninguno. Fusil al hombro, gorra ladeada, cantando a
ritmo de tambor. En todas sus variantes, nuestra afi-
ción al desfile es abundante, no se concibe una fies-
ta local sin procesión, ni unas Navidades sin Cabal-
gata. ¡Qué gran país! ¡Qué gran pueblo! Digno del
Gran Capitán y sus Tercios.
Es famoso que Teruel lo perdió el ejército de
Franco
,
en la Guerra Incivil, por la manía que los españoles
tenemos de desfilar. A raíz de la ofensiva republicana
de diciembre del 37, las escasas tropas que Franco
mantenía en Teruel se habían retirado a dos grandes
edificios del centro de la ciudad, el Seminario y el
Banco de España. Cada posición mandada por un
coronel, inconexas entre ellas, pues no se ponían de
acuerdo en cuál de los dos coroneles era el que tenía
que mandar la defensa, y ante la duda, cada uno por
su lado y la ciudad perdiéndose.
Al rescate de la ciudad sitiada, una columna al man-
do de Varela llegó en la tarde del 31 de diciembre
hasta el río Turia, por el lado oeste de la ciudad, don-
de la estación de tren, y los republicanos se retira-
ron de sus calles, que dominaban casi al completo
salvo los dos enclaves antes citados. Entonces, el
mando franquista detuvo sus tropas, y decidió que
no entrarían hasta la mañana siguiente, desfilando a
ritmo de tambor. Por la noche decidirían, al calor del
fuego y del coñac, el orden en que los distintos des-
tacamentos penetrarían en las destruidas calles de
la población. Para que nadie se adelantara, pusieron
guardias que impidieran remontar la colina. Desde
los dos bastiones que aún resistían veían a esas tro-
pas, a gritos podían hablar con ellas, y miles de civi-
les, centenares de soldados, incluso los pobres heri-
dos, pasaron una de las noches más felices de su
vida, esperando su liberación al amanecer. Algunos
requetés de la columna liberadora, despistaron a los
guardias apostados en el río, y treparon hasta la pla-
za del Torico, con miedo a los francotiradores. Pudie-
ron comprobar que las tropas de Lister y el Campe-
sino habían abandonado efectivamente sus posi-
ciones. Pero los generales de Franco desconocían
cómo es Teruel, y comenzó a nevar. Aquella Noche-
vieja, que debió hacerse larguísima, nevó tanto que
paralizó el avance nacional, y los republicanos regre-
saron a la ciudad que con tanto esfuerzo ya habían
conquistado. Ambos bastiones, hartos de hambre y
sed, ahítos de frío y desesperanza, se rindieron.
En la mili, nunca aprendí a desfilar, sea por mis pre-
juicios pacifistas, resultado de haber leído una y otra
vez en mi adolescencia el libro “Aventuras de un
recluta de 1813”, de
Erckmann-Chatrian,
alegato
contra el absurdo de las guerras, y su incapacidad
para resolver los problemas de los humanos. O sea
porque quizás, como un personaje de
Dostoievs-
ki
, a veces se me va el santo al cielo y pienso en
algo distinto a lo que piensan los demás, incapaz de
mantenerme al unísono con ellos durante un tiempo
prolongado. Aunque esté dentro de la formación veo
los hechos desde fuera, y eso es fatal para marcar
el paso. Recuerdo, que a los que no acertábamos
mucho, el
Capitán Rañales
siempre nos repetía la
misma frase: “su mamá el día de la Jura de Bandera,
dirá que su hijo era el único que llevaba bien el paso,
todos los demás cambiado”.
Y así, no entiendo la cantidad de desfiles que un día
tras otro veo pasar delante de mí:
Los etarras saliendo de las cárceles, rodeados de
amigos, deudos y partidarios, con la sonrisa en los
labios, y el arrepentimiento en el olvido.
Los Consejeros y directores autonómicos, seguidos
de enormes séquitos dignos de las reinas de Egipto.
Las
it girls
y los
it boys
, inanes y prescindibles, en
los photocall, en las portadas de las revistas. Antes,
embellecía una reunión el llevar a un miembro de
la Real Academia, ahora es mejor llevar a
Carmen
Lomana
o a
Tamara Falcó.
¡Si
madame
Verdurín
levantara la cabeza!
Las farmacias,
hasta hace
poco, (…) no
compartíamos
con las demás
empresas esa
calidad de
deudores de
aquel a quien
pagamos
nuestros
impuestos.
Éramos una
especie de
pijoaparte que
habría dicho
Juan Marsé
“Se decía que (los franceses) ya se habían llevado de Moscú
todas las oficinas públicas y (:) solo por eso Moscú debía mos-
trarse agradecida a Napoleón”.
Conde Tolstoi “Guerra y Paz”
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