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Bifar
P
inceladas de historia
Magia entre
cuatro paredes
Los ingleses eran la excepción a la
regla en el viejo continente y, salvo en la
capital londinense, las farmacias sacri-
ficaron la magia, la elegancia y el boa-
to, por la rentabilidad económica, ven-
diendo todo tipo de mercancías (inclu-
yendo comestibles y artículos de ferre-
tería), que se amontonaban allá donde
cupieran, incluyendo los escaparates.
Si saltamos el charco, la visión es muy
diferente a la europea y la farmacia
evolucionó más hacia la apariencia de
un gran almacén que hacia un centro
sanitario. Las fotos antiguas de farma-
cias norteamericanas sorprenden con
la presencia de mesas y sillas, una
barra con taburetes para sentarse,
sobre la que se ubican fuentes para
servir soda (lo que nos recuerda a un
bar) e, incluso, alguna estufa de leña
para hacer más agradable la estancia.
Se vendía tabaco, artículos de tocador
y, en general, todo aquello que pudiera
proporcionar un beneficio, al más puro
estilo inglés. Frascos bien alineados y
etiquetados, carteles anunciando espe-
cíficos y aromas herbáceos en el aire,
eran los encargados de proporcionar
ese recuerdo de la magia farmacéutica.
En la actualidad, la decoración es
más práctica y funcional, atendiendo
muchas veces a criterios comerciales
que buscan potenciar las ventas. No
obstante, hay oficinas de farmacia que
se resisten a eliminar de su decora-
ción albarelos, antiguas balanzas ana-
lógicas que ya han perdido su papel,
antiguo mobiliario de madera (hermoso
aunque menos funcional para la vida
moderna)...
Pero la verdadera magia, el gran mis-
terio que guarda la farmacia españo-
la actual es, tal vez, el lograr sobrevi-
vir con los precios que fija el gobierno
(entre otras cosas...). Y aunque esto no
impresione tanto al paciente como el
tener un cuerno de unicornio colgado
de la pared o una preciosa colección
de albarelos expuesta en añejos ana-
queles, puedo asegurar al lector que es
mucho más difícil de lograr...
l
H
ay que remontarse hasta
finales del siglo VIII, en Bag-
dad, para localizar las pri-
meras boticas tal y como las
entendemos en la actualidad, es decir,
un establecimiento regido por un far-
macéutico al cargo de todos los proce-
sos propios de nuestra profesión. Eran
las llamadas
dakã-kin al-sayãdilah
.
En el siglo XIII las boticas se siguen
caracterizando sobre todo por su sen-
cillez. Solían ser pequeñas tiendas
con un mostrador plegable, donde se
colocaban las herramientas de traba-
jo (balanzas, morteros...). Detrás, en
estanterías, las materias primas y los
medicamentos ya elaborados se guar-
daban en cajas, botellas, recipientes
de cerámica, botas de piel... Quien se
lo podía permitir tenía recipientes que
llevaban el nombre impreso de cada
sustancia.
En el Renacimiento, aunque las boti-
cas de las pequeñas ciudades seguían
siendo sencillas, las de monasterios
y las municipales
empezaban a hacer
gala de un lujo
mayor (vamos, lo
que en la actualidad
viene a ser la farma-
cia urbana
versus
la
rural). Además, el
auge de la química
en la búsqueda de
“la quinta esencia”
transforma las far-
macias en peque-
ños laboratorios,
envolviéndolas de
un misterio adicional
para el pueblo llano.
Como no podía ser
de otro modo, la far-
macia barroca desti-
ló clase y elegancia.
Frascos de todo
tipo, un mobiliario
con detalles muy
elaborados, esta-
tuas..., reflejaban el
rango social del far-
macéutico a todos los que entraban.
Por otro lado, se mantenía ese halo
de mágico misterio con animales dise-
cados (caimanes, narvales...) y “cuer-
nos de unicornio” decorando la pared,
estatuas de grifos o los típicos
Gaper
de las farmacias holandesas.
En el siglo XIX, la farmacia europea
mantenía la estructura básica de un
mostrador para atender y una habita-
ción interior para trabajar en privado.
La decoración trataba de conservar
la magia farmacéutica con hermosos
botes y frascos (que habían perdido ya
su función original), cristaleras con letras
doradas o de porcelana, ilustraciones
botánicas, inscripciones haciendo refe-
rencia a famosos farmacéuticos, etc.
Texto:
Daniel de María
. Imagen:
Bernardo Sánchez
. Farmacéuticos.
La farmacia inglesa sacrificó la magia y
el boato por la rentabilidad económica,
vendiendo todo tipo de mercancías (incluyendo
comestibles y artículos de ferretería)




