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Bifar
S
Polio: la historia de Elisabeth Kenny
José Manuel López Tricas
y
Ángela Alvárez de Toledo y Bayarte.
Farmacia las Fuentes
.
S
u nombre y su intere-
sante historia han
resurgido de los
archivos históri-
cos gracias a una biografía:
“Polio Wars: Sister Kenny and
the Golden Age of American
Medicine”,
escrita por
Naomi
Rogers
, historiadora de la Uni-
versidad de Yale, New Haven,
Estados Unidos.
Su fama se enmarca en la
época en que la poliomie-
litis era un grave problema
médico mundial. Hoy día la
polio ha sido erradicada de las
sociedades desarrolladas, persis-
tiendo en algunos países con bajísimos
estándares de desarrollo. Las prácticas
heterodoxas de
Elisabeth Kenny
con
enfermos de polio chocaban frontalmen-
te con el modo de hacer de la medicina
tradicional, que sacralizaba (y lo sigue
haciendo) la realización de ensayos clí-
nicos para validar tanto la eficacia de
los fármacos como los procedimientos
médicos. Los estudios clínicos tratan de
minimizar dos sesgos: el efecto placebo
(estudios controlados) y el azar (estudios
aleatorizados).
Cuando Elisabeth Kenny nació en Aus-
tralia en el año 1880, el continente austral
era un lugar lejano, geográfica, cultural
y socialmente. Hasta no hacía mucho
tiempo era lugar de prófugos, deste-
rrados y aventureros. Elisabeth Kenny
comenzó trabajando como enfermera
en el ambito rural. Y probablemente así
habría continuado de no ser por la Pri-
mera Guerra Mundial. Durante
la estancia de la
Royal Navy
entró a trabajar como enfer-
mera para la Armada Bri-
tánica, siendo reconocida
con el título honorífico “Sis-
ter”, equivalente femenino a
lugarteniente. Era conocida
como
Sister Kenny
, creándose
la opinión de que era religiosa,
pero Elisabeth Kenny nunca
fue monja.
Durante las décadas de
1920 y 1930, la poliomie-
litis hacía estragos en todo
el mundo, incluido Australia.
Aproximadamente uno de cada
doscientos infectados desarrollaba
afectación de las motoneuronas que,
partiendo de la médula espinal, inervan
las fibras musculares. La mayoría de los
infectados eran niños o adultos jóve-
nes. Un caso célebre de infectado por
polio cuando ya era adulto, fue
Franklin
Delano Roosevelt
, quien, a pesar de
las secuelas de la polio que auguraron el
final de su carrera política, llegó a ser tri-
gésimo segundo Presidente de Estados
Unidos en el año 1932, siendo reelegido
otras tres veces consecutivas hasta su
fallecimiento en el año 1952, durante su
tercer mandato.
Los primeros síntomas de la infección
por el virus de la polio eran relativamen-
te inespecíficos: fiebre elevada y dolo-
res generalizados. En algunos desa-
fortunados, la enfermedad progresaba
causando distintos grados de parálisis
durante las siguientes horas o días tras
la aparición de los primeros síntomas.
En muchos casos, la parálisis llegaba
a afectar a los músculos respiratorios
haciendo necesario introducir al enfer-
mo en los denominados “pulmones de
acero”, precursores de los modernos y
muchos menos impresionantes respira-
dores actuales. Entre un 5% y un 10%
de los afectados por la polio fallecían; y
casí la mitad de quienes se infectaban
sufrían parálisis permanente de distinta
gravedad.
Elisabeth Kenny
ya había asistido a
enfermos de polio durante su traba-
jo como enfermera rural observando
que la aplicación de tejidos de algodón
calientes y el ejercicio muscular pare-
cían aliviar el dolor de los pacientes al
mejorar sus contracturas (acortamiento
muscular) que creía eran consecuencia
de espasmos musculares, y que con-
tribuían a agravar el daño de los ner-
vios que inervaban dichas masas mus-
cualres. Todavía más, Elisabeth Kenny
estaba convencida de que los pacien-
tes debían jugar un papel activo en su
recuperación, aprendiendo los nombres
y la función de los músculos afectados.
Este proceder chocaba con el tratamien-
to convencional de la polio, que enfatiza-
La famosa consultora de opinión Gallup, consideró a Elisabeth Kenny, una
enfermera australiana, una de las personas más famosas del mundo en el año de
1952 por su trabajo con los enfermos de Polio. Hoy día, Elisabeth Kenny (Sister
Kenny) es una mujer apenas conocida.
Elisabeth Kenny atrajo el apoyo de
pacientes y familiares, quienes tenían
plena confianza en que su proceder
restauraba la fortaleza y movilidad




