BIFAR 113 enero 2013 - page 53

Me contó que era artesano carpintero y que
no le fue mal en la vida, a la vez que su viejita
fregaba los cuatro cacharros que tenían en su
casa. Curiosamente era una casa pobre que
no olía mal pese a la suciedad acumulada e
imposible de erradicar, muy oscura, que topa-
ba con la luminosidad de la mirada de
José
Ángel Benítez Arriola
. El oficio lo aprendió
del padre y había que verlo en sus tiempos
cortar el cuero para el calzado artesanal. Sus
padres murieron pronto y él se tuvo que hacer
cargo del oficio en un lugar donde apenas co-
nocía a nadie y al que fue por el fallecimiento
casi simultáneo de ambos. Ahí es donde des-
cubrió el bueno de Arriola la grandeza de la
gente: se presentó casa por casa para dar a
conocer que se hacía cargo de la confección
del calzado pero que estaba profundamente
Bifar
53
Farmacéuticos
sin Fronteras
Fernando Martínez López.
Cooperante de Farmacéuticos Sin
Fronteras y Vocal de Proyectos de
la ONG.
M
e lo encontré nada más pisar el
barrio de las Atarrayas en la ciu-
dad de Acajutla, en EL Salvador,
allá mismo donde el país se aca-
ba a orillas del Pacífico. Andaba con unos pan-
talones largos, nada más, al lado mismo de
la Casa Comunal y contrastaba su piel mate,
latina, con su barba muy bien recortada abso-
lutamente blanca, como el poco pelo que le
quedaba en su brillante cabeza, y de todo ello
asomando unos ojos dulces y vivos que, no
sé por qué, dijeron a mi interior: “este hombre
sabe” de esos que te encuentras por el mun-
do con la sabiduría profunda de la vida y que
la llevan pegadita al cuerpo como otros llevan
sombrero.
Me chocó porque le ví arrastrar su pierna de-
recha absolutamente rígida y me informaron
que le había dado una hemiplejia. Le saludé
y me preocupé por su salud a la puerta de su
vieja casa oscura, pobre y sencilla. Le animé a
intentar, entre los dos, mover esa pierna, do-
blarla y hacer los ejercicios de rehabilitación
necesarios para que dejase de arrastrarla.
Él asintió gustoso. Fue en los descansos del
curso sobre medicamentos que impartimos
en la Casa Comunal cuando empezamos esa
rehabilitación y conseguimos ver la movilidad
perfecta que tenía en la pierna y allí mismito
empezamos a hacer amistad.
triste por tener que enterrar a sus padres en
tierra, ya que no tenía ni un “colón” para los
ataúdes…
Me pareció increíble pero la voz de aquel hom-
bre destilaba humildemente el timbre de la
verdad: oí cómo fue casa por casa recogiendo
solidaridad hasta la misma cantina, donde la
dueña, al escuchar su relato, recogió su recau-
dación diaria y se la dio sin más, con lo que al
fin pudo enterrar a sus padres en sus cajitas
correspondientes y no en la miserable tierra.
No entendía esa obsesión aunque comprendía
lo duro que es enterrar a unos padres como
pobres de solemnidad y el viejito Arriola me lo
explicó perfectamente”oiga usted, los padres
no pueden ser enterrados como los más po-
bres mientras tengan un hijo… porque quién
cuida a sus padres ve que se le abren las
puertas de la vida”. No supe qué decir porque
entendí que llevaba razón. Toda la razón.
Ejerció como zapatero y fue viviendo hasta que
llegó la fábrica de calzado y acabó con su tra-
bajo, pero Arriola había sido previsor y había
cotizado para su seguridad social y tenía de-
recho a medicamentos y a esos pocos dólares
que hoy permiten sobrevivir a este sensacional
hombre con su viejita diabética. Es más listo y
previsor que nadie,… allí le ví tres cajas de cada
medicamento para la tensión y el colesterol así
como otras tres para la diabetes de su seño-
ra… “estos gringos los exportan a su antojo y
a veces faltan medicamentos porque se los
quedan en los barrios altos de El Salvador…
pero a nosotros no nos pillan desprevenidos”.
Cuando le dije que, ahora, iba a tener los me-
dicamentos al lado, me dijo que gracias, que
era una bendición para el barrio pero que él
esperaba no necesitarlos, que otros los nece-
sitaban más… ¡y no tenían nada! Una cocina
con leña y un viejo camastro que es el lecho
de ambos…
Casi se me saltan las lágrimas cuando terminé
la terapia de la pierna y su mujer me ofreció
unos mangos para chupar porque me vio su-
doroso, porque es lo único que tenía, pero eso
no fue tan importante para mí. Lo más impor-
tante es que tengo una cama en El Salvador
en una vieja casa sucia y oscura. Ellos me la
ofrecieron, ellos que no tienen absolutamente
nada… Volviendo a mi casa reflexioné que la
vida te da oportunidades,… sólo tienes que ir a
buscarlas al corazón adecuado.
l
El viejito ARRIOLA
Dedicado a José Ángel Benítez Arriola, uno
de los cientos de miles de beneficiados en
la historia de Farmacéuticos Sin Fronteras.
Fue casa por
casa recogiendo
solidaridad hasta la
misma cantina donde
la dueña, al escuchar
su relato, recogió su
recaudación diaria
y se la dió sin más
1...,43,44,45,46,47,48,49,50,51,52 54,55,56
Powered by FlippingBook