AFEZ
F. Javier Ruiz Poza
Presidente de
la Asociación de
Farmacéuticos
Empresarios
de Zaragoza
(AFEZ)
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Bifar
Hoy voy a
hablar de cine,
literatura,
música y de
cómo, creo,
que verían
diversos autores
al mundo de la
farmacia y a los
consternados
farmacéuticos
Los cuatro decretos
del APOCALIPSIS
P
or aquello de que las penas con pan
son menos penas y por el sabio conse-
jo de algún buen amigo lector, que me
recomienda que abandone el discurso
cansino de la economía, hoy no voy a hablar ni
de recesión, ni de déficit, ni de reformas estruc-
turales, ni de subidas de impuestos, ni de nada
de ese estilo. Hoy voy a hablar de cine, literatura,
música y del cómo, creo, que verían diversos au-
tores al mundo de la farmacia y a los consterna-
dos farmacéuticos.
Empezaré por la obra que ha inspirado el título
del artículo. Cuando
Vicente Minelli
filmó su pe-
lícula
“Los cuatro jinetes del Apocalipsis”
no
pensó en los cuatro jinetes que llegarían a la far-
macia en forma de decretos, a cual peor, como
si no existiesen más partidas ni ineficiencias que
identificar y corregir para hacer sostenible la sa-
nidad.
Si nos acercamos a la época de la movida ma-
drileña, el cine de
Almodóvar
en sus primeros
tiempos hubiese reflejado aquello de
“¿Que he
hecho yo para merecer esto?”.
Una joven
Car-
men Maura
representa un ama de casa frustra-
da, malcasada y adicta a las anfetaminas, en un
barrio humilde de Madrid, con su marido taxista.
Muchos farmacéuticos nos hacemos la misma
pregunta.
Un poco antes, en su hacer surrealista, el calan-
dino
Buñuel
hubiese imaginado a muchos titula-
res de oficina prisioneros dentro del Colegio de
Farmacéuticos. Reunidos en una asamblea de la
que no pueden salir sin que haya ninguna causa
aparente, cautivos de la confusión y sacando sus
sentimientos más abyectos y salvajes, como lo
hacían aquellos elegantes mejicanos después de
salir de la ópera en
“El ángel exterminador”
.
En
“Una noche en la ópera”,
los hermanos
Marx
recuerdan, en la desternillante escena del
contrato, cómo se rompen las estipulaciones
hasta que sólo queda una cláusula de corte sani-
tario que rubrican. Podemos preguntar en alguna
comunidad autónoma distinta a la nuestra, aque-
llo que decían a toda velocidad “la parte contra-
tante de la primera parte…”
Si nos acercamos al cine americano en su ver-
tiente histórica, no puede faltar el extraordinario
western de
Raoul Walsh
“Murieron con las botas
puestas”,
en la que se relata la guerra de secesión
americana, cargada de escenas inolvidables. Una
vez terminada la guerra, el Teniente Coronel
Cus-
ter
, oficial de West Point al frente del legendario
séptimo de caballería, se enfrenta a los indios de
Caballo Loco. El genial director Walsh sólo cam-
biaría una letra del título: “Murieron con las batas
puestas”.
Ni el propio
James Dean
, si hubiese sido farma-
céutico, se hubiera atrevido a rodar la película
“Rebelde sin causa”
,
porque causas, sí las hay
para la rebeldía, viendo como se culpa al medi-
camento como la casi exclusiva bestia negra del
déficit. Pagamos los platos rotos de una fiesta
que no hemos disfrutado.
No podemos dejar de nombrar al mago del sus-
pense,
Alfred Hitchcook,
que a buen seguro
nos imaginaría corriendo a través de los campos
de maíz de los Monegros, perseguidos por una
avioneta fumigadora del Ministerio como al pro-
pio
Cary Grant
en
“Con la muerte a los talo-
nes”
.
Por hacer una incursión en la música, el grupo
roquero
Charol
cantaba en los años 80 aquella
canción que hoy mismo, unos cuantos años des-
pués, cantan en un dúo los ministros
De Guin-
dos
y
Montoro
“Sin dinero, ya no hay rock´n
roll”
. Lo han aderezado, además con un estribillo
de mal gusto, que dice algo sobre el IVA. Todo
bajo la impasible mirada de
Mariano
manostije-
ras.
En la literatura, dos reseñas: nadie como
Kafka
para relatar una situación kafkiana. Me voy a una
escena en la que un farmacéutico se despierta en
la cama de su habitación convertido en una cria-
tura no identificada, obra de una transmutación
fantástica en la que queda aislado, incompren-
dido y no entiende nada. La otra, más actual, es
la novela de
Julia Navarro
“Dime quién soy”
,
en la que un titular de oficina, ante tanta interven-
ción se pregunta si es un empresario sanitario, un
empleado de interés público, un miembro del sis-
tema sanitario, un eterno pagador de desaguisa-
dos… ya que generalmente le toca, como en una
tómbola diabólica, lo peor de cada disciplina.
Para terminar, nada mejor que una mención al
Titanic
, en este año que se cumple el centenario
de su hundimiento. Me quedo con la escena de
después del choque: el Ingeniero naval
Thomas
Andrews
despliega los planos en una mesa del
puente y ante la evaluación de los daños senten-
cia, “la nave está diseñada para flotar con cuatro
de las dieciséis bodegas estancas inundadas, el
impacto ha perforado cinco, nos hundimos”. El
capitán
Edward J. Smith
pregunta “¿en cuanto
tiempo?”, “una hora, como mucho dos” –respon-
de-. Traigo esta escena al hilo de los cuatro De-
cretos con los que, como un iceberg, hemos cho-
cado. Se están evaluando los daños y tenemos
varias bodegas inundadas… ¿cuanto tiempo le
queda al modelo para hundirse?
l