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COF

Teruel

Antonio Hernández Torres

Presidente del COF de Teruel

l pasado 25 de septiembre se celebró el día mundial del farmacéutico.

En esta última edición se rendía homenaje a la labor que desarrollan

miles de profesionales en ámbitos como la investigación, la docencia, la

salud pública, los hospitales o la farmacia comunitaria.

Todos merecen un respeto como profesionales, pero entre los casi 50.000 boti-

carios que trabajan en las más de 22.000 farmacias que prestan servicio en

España hay que destacar a los farmacéuticos rurales y entre este colectivo

a aquellos que se encargan de llevar los medicamentos a esos lugares cuya

existencia pende de un hilo y están llamados a ser víctimas de esa lacra que

se llama despoblación.

Cuando conocí a Pilar supe que ella es un claro ejemplo de cómo se garantiza

que casi el 100% de los ciudadanos españoles disponga de los medicamentos

que necesita, independientemente de su lugar de residencia.

Con su eterna, amable y ancha sonrisa, Pilar me pareció más una misionera, a

las que admiraba cuando era niño, que una boticaria. Pilar atiende a los habi-

tantes de un pequeño pueblo de Teruel, conoce sus necesidades, pero también

conoce su vida, sus problemas… Es pieza clave en su pequeña y bella localidad

que se resiste a que la juventud sólo vuelva en verano a pasar sus vacaciones,

pero cuyas calles van perdiendo poco a poco las risas de los niños.

Pilar es piedra angular de la vida de esta población. Dispuesta siempre a ayudar,

tiene la puerta abierta de su botica para atender a las personas mayores, para

proporcionarles sus medicinas, pero también para escucharles, para contarles,

para hacerles sentir que son aún parte activa de esta sociedad que parece los

ha olvidado.

A Pilar la creía una valiente por vivir en este pueblecito, por renunciar a muchos

de los atractivos de ciudades o pueblos más grandes. Pero desde que un día

le acompañé a su visita semanal para llevar los medicamentos a otro pueblo

donde vive una docena de personas, supe que su labor era mucho más que

dispensar las medicinas del botiquín que allí gestiona.

Me cuenta Pilar, rememorando la primera vez que llegó a aquel pueblecito que

creía deshabitado: “Hasta que no subí a la parte del Castillo que está más ele-

vada pensé que no vivía nadie, sonreí cuando comprobé que de algunas casas

salía humo de la chimenea”.

“Llevo 20 años atendiendo a este pueblo, continúa Pilar, los conozco a todos,

sé de sus hijos, de sus enfermedades, de sus penurias, de sus alegrías, de sus

luchas, de sus ahorros, de sus planes… me cuentan sus problemas y me pregun-

tan por los míos, se interesan por mi familia, aún es más, son como mi familia”.

Pilar les lleva los medicamentos una vez por semana, pero la visita se alarga

porque igual les ayuda a rellenar un impreso que intenta explicar a un anciano

de ochenta y pico años cómo debe activar ese móvil de última generación que

le ha regalado su hijo.

Pilar es una, pero son muchos los boticarios de la farmacia rural los que prestan

servicio farmacéutico donde casi no llega nadie más. Donde no tienen escuela,

ni una tienda donde comprar los alimentos más básicos. “Nos estamos que-

dando solos, a nadie le interesa qué es lo que nos pasa aquí”, dicen con pena

los habitantes mayores de estos pueblos que viven mecidos por la tranquilidad

pero amenazados con el olvido.

Pilar va todas las semanas, y lo lleva mal cuando la nieve le impide cumplir

con su obligación y no ver a los que ya considera parte de su vida. Porque las

medicinas de Pilar no solo son las cajas de medicamentos que les lleva, Pilar

les lleva un poco de vida, les resta un poco de soledad. Su sola presencia ya

les alivia esa pena de sentirse olvidados.

Pilar es mucho más que una heroína. Los mayores de este pueblecito lo saben

y con su tierna mirada de agradecimiento le hacen saber cómo la quieren. Le

regalan bombones y le ofrecen las verduras del huerto que cultivan con mimo.

Ellos y Pilar son los bastiones que le hacen frente al abandono rural.

n

“Pilar les lleva

los medicamentos

una vez por

semana, pero la

visita se alarga

porque igual les

ayuda a rellenar

un impreso que

intenta explicar

a un anciano

de ochenta y

pico años cómo

debe activar ese

móvil de última

generación que

le ha regalado

su hijo”

LA MIRADA EXTERNA

Farmacéuticos contra la despoblación