[36] En la actualidad la incidencia de peste es residual, sobre todo si la comparamos con las terribles pandemias de antaño. Entre los años 1348 y 1351 Europa padeció una de las peores pandemias de peste. Los judíos fueron acusados de propagar la enfermedad por su costumbre de almacenar durante el invierno más grano que otros campesinos. Al llegar la Pascua judía (en primavera) sacaban el grano de sus almacenes para airearlo. Pero no solo se aireaba el grano, sino que se esparcían las ratas infestadas de pulgas portadoras del bacilo de la peste. Las epidemias de peste eran más frecuentes durante los meses cálidos. De hecho, en España el santo al que se encomendaban las gentes contra la peste es San Roque, el 16 de agosto, en la época álgida de la canícula. Durante la epidemia de peste de mediados del siglo XIV el Papa Clemente VI dictó una bula que exoneraba a los judíos de toda culpabilidad de la epidemia. Para comprender la expansión hacia Occidente de la peste bubónica (“Muerte Negra”) hemos de retrotraernos a los tiempos de Möngke Khan, nieto del más célebre Genghis Khan, quien en 1252 envió sus ejércitos hacia el sur, hasta lo que hoy día es Burna (Birmania). Junto a sus tropas viajaba otro “ejército”, este de ratas. Cuando las tropas regresaron, las ratas infestadas de pulgas expandieron el bacilo entre las marmotas de Mongolia. La ruta de la seda sirvió de cauce para que los bacilos, las pulgas infectadas con bacilos y las ratas infestadas con las pulgas se expandieran hacia Occidente. Las caravanas que hacían la ruta de la seda llevaron la cohorte de ratas, pulgas y bacilos hasta los puertos del Mar Negro, sobre todo Kaffa, en la península de Crimea. Era el año 1346; desde allí la expansión hacia Europa fue inevitable: Venecia primero, Marsella después; la epidemia se extendió sin control. Uno o dos siglos antes (aproximadamente siglos XII y XIII) navegantes indios y egipcios acarrearon, sin saberlo, el germen desde la región de los Grandes Lagos centroafricanos (un caldo de cultivo de mefistofélicos pandemonios) hasta los puertos del Índico, desde donde la peste se expandió por Asia. Se sabe que los habitantes de la región de Manchuria evitaron la peste bubónica (“Muerte Negra”) por la creencia que las marmotas transporLa ruta de la seda sirvió de cauce para que los bacilos, las pulgas infectadas con bacilos y las ratas infestadas con las pulgas se expandieran hacia Occidente Imagen I. El último brote de peste en el ámbito urbano occidental se produjo en Los Ángeles, California, Estados Unidos durante el bienio 1924-1925 taban el alma de los muertos. Se las podía matar pero no usar como alimento. Esta restricción religiosa les ofreció una cierta protección frente a las epidemias, junto con la dispersión de la población y la vida relativamente nómada. Todo cambió cuando los inmigrantes chinos integraron a las marmotas en su dieta. Si bien la “Muerte Negra” europea del siglo XIV es la más conocida, por estudiada, hay otras que no debemos obviar. Tal vez la primera epidemia suficientemente documentada fue la “Plaga de Justiniano I” alrededor del año 541 AD, con numerosos rebrotes durante los dos siglos posteriores. Pero varios siglos antes de la “Plaga de Justiniano”, el historiador romano Tucídides, él mismo superviviente de la peste, describió una de las epidemias que periódicamente asolaban el imperio: …debido a la época del año, la mortalidad se producía en una si tuación de completo desor- den; cuerpos de moribundos yacían unos sobre otros; y personas medio muertas se arrastraban por las calles y alrededor de todas las fuentes, movidas por su deseo de agua. Los santuarios en los que se habían instalado estaban llenos de cadáveres, pues allí exhalaban su último suspiro. Todas las costumbres que antes observaban (los familiares) en los entierros fueron trastornadas y cada uno daba sepultura como podía. Muchos recurrieron a sepelios indecorosos debido a la falta de medios; algunos arrojaban a sus familiares muertos en piras ajenas. Ningún temor de los dioses ni ley humana los detenía. De un lado juzgaban vano honrar a sus dioses, ya que la gente moría igualmente. Ya nadie creía en el Juicio Final. Quienes superaban la enfermedad eran los únicos que se compadecían de los moribundos, pues los que
RkJQdWJsaXNoZXIy OTMyNTQ=