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[35] Sección Científica La peste bubónica o “muerte negra” nos retrotrae al imaginario de tiempos pasados, sobre todo a las pandemias medievales que comprometían la supervivencia de grandes grupos de población. Contra lo que pueda parecer, la peste bubónica todavía pervive en la actualidad, si bien de modo marginal. Aun cuando hoy día existen tratamientos efectivos, la infección continúa siendo extremadamente grave. La peste está causada por la bacteria Yersinia pestis, un bacilo Gram negativo, anaerobio facultativo. Fue descrito por el microbiólogo franco-suizo, adscrito al Instituto Pasteur en París, Alexander Yersin, quien lo denominó Pasteurella pestis. En 1967 se creó el género Yersinia en su honor; y el bacilo cambió su nomenclatura a Yersinia pestis. El hombre contrae la infección cuando sufre la picadura (en ocasiones mordedura) de una pulga que contiene en su sistema digestivo los bacilos infecciosos. Con la picadura de la pulga los bacilos contenidos en su saliva se depositan en la pequeña herida producida. Los roedores (sobre todo las ratas) actúan como vectores de las pulgas (ver Imagen 1) con su cargamento de bacterias patógenas. José Manuel López Tricas. Farmacéutico especialista en Farmacia Hospitalaria. Fotografía microscópica mostrando la bacteria Yersinia pestis (causante de la peste) en el estómago de la pulga (vector de la infección). Peste Bubónica “Muerte Negra” El autor explica el origen de la peste bubónica, su expansión hacia Occidente y cómo todavía perviven varias regiones. Según el Center for Disease Control and Prevention norteamericano, con sede en Atlanta, Georgia, existen tres variantes de la peste en humanos: peste bubónica, peste septicémica y peste neumónica. Las tres comparten síntomas inespecíficos: fiebre, debilidad extrema y malestar. Cada tipo de peste tiene, además, su sintomatología característica. La peste bubónica debuta con fiebre elevada, cefalea, malestar, debilidad e inflamación de nódulos linfáticos (dando lugar a los característicos bubones). La bacteria (Yersinia pestis) se multiplica en el interior de los nódulos linfáticos. Desde allí, vía linfática, alcanza la sangre (peste septicémica), difundiéndose a casi cualquier tejido corporal. La peste bubónica se contagia tras la picadura de una pulga infectada. La peste septicémica comienza de idéntica manera (fiebre, malestar y debilidad), pero enseguida cursa con dolor abdominal, hemorragias en piel y otros órganos que pueden desencadenar hipotensión y colapso circulatorio. La peste septicémica suele derivar de una peste bubónica no tratada. Se contrae por la picadura de una pulga o por la manipulación de animales infectados. La proliferación de ganglios linfáticos invadidos por la bacteria (bubones), dan un aspecto negruzco de la piel de los miembros (pies, piernas, manos y brazos) que le ha otorgado el nombre de “muerte negra”. La peste septicémica es fulminante, causando la muerte en pocos días, sin que a veces de tiempo a que aparezcan los bubones característicos. En muchas ocasiones el diagnóstico solo puede realizarse post-mortem (autopsias). Es la menos frecuente de las tres variantes de peste. La peste neumónica tiene su sintomatología específica: disnea (insuficiencia respiratoria), dolor torácico, tos y hemoptisis (esputos sanguinolentos). Esta forma de peste (neumónica) se produce por contagio directo vía aérea o por afectación pulmonar de otros tipos de peste (bubónica y/o septicémica) La peste neumónica puede desencadenar el fracaso de la función respiratoria. Es la forma más contagiosa (transmisión directa entre humanos por vía aérea) responsable de las otras temibles pandemias de peste. La peste, en sus tres variantes (bubónica, septicémica y neumónica) tiene una mortandad muy elevada, entre un 50% y 60% de quienes se contagian y no reciben pronto un tratamiento adecuado; este se fundamenta en dos antibióticos clásicos: Gentamicina y Doxiciclina. El éxito del tratamiento antibiótico depende en gran medida de su pronta instauración. La primera epidemia suficientemente documentada fue la “Plaga de Justiniano I” alrededor del año 541 AD, con numerosos rebrotes durante los dos siglos posteriores

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