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[46] ÁGORA Bajo el título de ÁGORA, esta sección pretende impulsar una comunicación más fluida con nuestros lectores. Una sección para compartir vuestras opiniones, ideas, reflexiones, inquietudes... con el resto de compañeros. Un espacio abierto a todos. Mi madre, Mª Pilar, Pilarín para casi todos, tenía diabetes tipo dos y ella me contagió primero el miedo a la enfermedad y luego el gusanillo por conocerla y ayudar a los pacientes. Recuerdo de mi adolescencia cómo el día antes de su analítica mi madre hacía un ayuno riguroso y se atiborraba a medicación para que la sangre que le extraían no estuviese dulce, porque luego tenía cita con el médico y este le regañaba de manera agobiante. Mi madre era una paciente de libro (antiguo) a ella le dejaban comerse una pieza de fruta al día y se comía un melón. La fruta era su perdición, en tiempo de cerezas íbamos encontrando huesos por todos los rincones de la casa, o más fácil, en sus bolsillos. Con el ayuno y la sobredosis de sulfonilurea conseguía que la bronca no fuera mayúscula. Hasta que se volvió normal la determinación de la hemoglobina glicosilada. Y se le acabó el chollo. “Sí, Pilarín —decía su médico— ese día tenías poco azúcar, pero este parámetro nos dice que el promedio de los últimos tres meses ha estado casi siempre por encima de 150”. Mi madre llegó como un crío al que han pillado robando galletas. Humillada, desfondada, pensando que se le había acabado el comer fruta. No asumía su enfermedad, pese a que con el nuevo parámetro tenía más fácil el control de su enfermedad. Mi madre siempre fue diabética. Llevaba una losa encima. De mi catedrático de Bioquímica especial, en quinto de carrera, D. Benito de las Heras, escuché que “el ser humano está diseñado para vivir 25 años. A partir de esa edad todo es propina.” Todos queremos ser jóvenes, sanos, amos de nuestro destino. Pero en los años de propina empezamos a recibir malas noticias en forma de enfermedades. Y a nadie le gusta recibir una mala noticia. Algunos padecimientos se asumen más fácilmente: llevar gafas no es problema, el tener colesterol no es muy grave. Pero el hecho de reconocernos frágiles, imperfectos, no nos agrada a ninguno. Ante el diagnóstico de una enfermedad crónica, voy a centrarme en la diabetes tipo 2, (la diabetes tipo 1 suele aparecer mucho antes de los 25, y los pacientes infantiles son mucho más adaptables a lo que les toca) la primera reacción es de negación. “No puede ser” así de simple y frontal, “Yo no siento nada, no puedo estar enfermo”, “Si siempre he comido bien” pensamiento herencia de los médicos árabes que en Córdoba en torno al año 1000 difundían que eres lo que comes y no sabían de genética o de las complejidades del páncreas. Se pide una segunda opinión que rebata la sentencia. “No, yo no puedo ser diabético. Nadie en mi familia lo ha sido” La genética tiene eso; hace que tengamos predisposición, pero necesita de unas circunstancias externas para manifestarse. Puede estar oculta durante generaciones y aparecer de repente si se da el medio ambiente favorable. Son más los predispuestos que no la sufren que los que sí. El paciente no se lo cree, debe ser algo pasajero, algo que les ocurre a otros, un error de la máquina que miró la sangre ese día. No importan los síntomas, no importa la titulación ni los conocimientos del profesional que diagnostica. No, no, no. Yo no, a mí no. Cuando los síntomas no desaparecen, la segunda opinión confirma la primera, resulta que el bisabuelo puede que tuviese azúcar y leyendo por internet nos encontramos con casos parecidos, entonces el paciente alcanza la ira: enfado, frustración, irritabilidad. ¿Por qué a mí? ¿Y para eso he estado comiendo bien todos estos años? Tras un periodo de duración variable en cada paciente se establece una negociación con la enfermedad; “Me quito el pan y andaré un poco más a ver si adelgazo” “¿De verdad tengo que tomar tres pastillas al día?” “A ver, el médico me ha mandado esto, aquello y lo otro, pero no es para tanto”. Cuando se da cuenta que sí tiene diabetes, que eso interfiere en su forma de vida, que ya no puede tomar la misma cantidad de alcohol, grasas, carbohidratos, bebidas azucaradas, fruta, añada cada uno lo que quiera, el paciente suele entrar en depresión “¿por qué a mí?”, “me han quitado todo lo bueno” quizá acordándose de la frase de Oscar Wilde de que todo lo que me gusta o es pecado o engorda. Algunos llegan a depresión clínica; pensamientos negativos, insomnio… De eso se mejora, pero hay quien no sale: siempre serán diabéticos. Los que salen, llegando a la asunción de su enfermedad, son personas con diabetes. Son pacientes crónicos, sí, que aceptan a su compañero de viaje, pero no están imposibilitados por él. Vuelven a ser dueños de su destino, capitanes de su alma. No están definidos por la enfermedad, no. Como profesionales sanitarios cercanos al enfermo, los más próximos casi siempre, podemos ayudar a nuestros pacientes con diabetes desde el mazazo del diagnóstico, hasta la aceptación de su enfermedad, mitigando su ira, frustración, sentimientos de culpa o miedo, ofreciéndoles alternativas de comida y ejercicio a su medida, avisando de los efectos secundarios de su farmacoterapia y, sobre todo, colaborando en que la misma cumpla con las expectativas del prescriptor, garantizando al paciente que, poniendo de su parte, puede tener una vida plena. No son diabéticos, son personas con diabetes José Ramón García Soláns. Farmacéutico. En las cartas debe constar la firma, el DNI, la dirección y un teléfono de contacto. Debe enviarse a cofzaragoza@cofzaragoza.org. La dirección se reserva el derecho a publicar, editar y cortar las cartas por razones de espacio y claridad. Se recomienda que no excedan las 100 líneas (5000 caracteres).

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