[36] fármacos es consecuencia del ensayo y error; prefieren afirmar que son la consecuencia de intrincados programas de investigación. No fue este el caso; simplemente tuvieron suerte. La historia comenzó hace alrededor de medio siglo en un laboratorio del Massachusetts General Hospital, en Estados Unidos: Joel Habener inició un programa de investigación sobre la diabetes. En aquella época la única farmacoterapia de la diabetes era la insulina de origen porcino [todavía no se había clonado el gen de la insulina que posibilitaría la insulina humana]; y tampoco se conocían apenas otras dos hormonas que regulan las concentraciones de glucosa en sangre: glucagón y somatostatina. El grupo de trabajo de Joel Habener trataba de clonar los genes que codifican el glucagón y la somatostatina. [El gen de la insulina humana se había clonado en 1978]. De manera inesperada, a comienzos de la década de 1980 el grupo de Joel Habener descubrió una hormona designada GLP-11. GLP-1 regula la glucosa en sangre, pero de un modo mucho menos drástico que la insulina. Inicialmente se valoró como posible sustituto de las inyecciones de insulina, mucho más potente y, por ende, más peligrosa (riesgos de coma hipoglucémico). De manera independiente, Jens Juul Holst, en la universidad de Copenhague, realizó el mismo hallazgo que el grupo de Joel Habener en Estados Unidos. Sin embargo, con GLP-1 había un problema: prácticamente desaparecía (se metabolizaba) antes de ejercer su efecto sobre el páncreas. Era, pues, necesario hallar una alternativa de mayor duración de acción. Otro suceso inesperado se produjo en el año 1990: John Eng halló nuevas hormonas interesantes en la saliva de un reptil, el denominado «monstruo de Gila». El reptil mantiene unas concentraciones muy constantes de glucosa en sangre durante sus prolongados períodos de obligado ayuno. Se descubrió una variante del GLP-1 de mayor duración de acción. John Eng cedió la patente Amylin Pharmaceuticals, que lo registró como medicamento, Exetinida (Byetta®; Bydureon®) en el año 2005. Con todo Exetinida debía administrarse dos veces al día (b.i.d.). Se inició una investigación para buscar versiones más duraderas de la GLP-1 del lagarto de Gila. La empresa danesa Novo Nordisk usó una estratagema que permitía que GLP-1 mantuviera sus concentraciones en sangre durante, al menos, 24 horas: asociarla a una proteína modificada, de la que GLP-1 se disocia lentamente. Es así como Novo Nordisk comercializó Liraglutide (Victoza®), que hacía posible una única administración diaria. Se comercializó en Estados Unidos en el año 2010; pero pronto se observó que la reducción ponderal estaba lejos de los objetivos buscados. A comienzos de la década de 2010 el tratamiento de la obesidad se hallaba en vía muerta: ningún medicamento funcionaba muy bien; y todos los que provocaban una pérdida de peso (aunque reducida) mostraron efectos adversos significativos. Unos años antes, durante la última década del siglo XX, Jeffrey Friedman, a la sazón en la universidad Rockefeller (New York) halló una hormona que actuaba como un marcador que señalaba al cerebro cuánta grasa había en el cuerpo. Los ratones Knockout (modificados genéticamente) para no sintetizar dicha hormona, mostraban un apetito feroz ingiriendo alimentos sin freno. A esta hormona del apetito se la denominó leptina. La patente fue adquirida por Amgen (apócope de Applied molecular genetic) en el año 1996. Cuando se ensayó en humanos no se observó efecto alguno. Tras el fracaso con la leptina, el interés se centró en una hormona intestinal: grelina, con efectos opuestos a los de la leptina. Los experimentos en animales evidenciaron que la grelina estimulaba el apetito. ¿Un fármaco que bloquease la grelina podría ayudar a perder peso? La respuesta no es unívoca; el organismo tiene muchas rutas redundantes que no es posible abordar aisladamente. El problema parecía cada vez más complejo; y la industria farmacéutica se desinteresó por el asunto. Se seguía considerando la obesidad un problema de conducta. Faltaban unos pocos años para que se la catalogase como una enfermedad. Lotte Bjerre Knudsen, adscrita a Novo Nordisk, continuaba estudiando Liraglutide, un sosia de GLP-1 formulado con una galénica que hacía posible una única inyección diaria. Estudios de laboratorio en los que implantaban tumores pancreáticos en ratones mostraban que los roedores (que sintetizaban grandes cantidades de GLP-1) se tornaban totalmente inapetentes, hasta dejarse morir de hambre. Se infirió, pues, que algunos de estos péptidos (insulin-like) eran trascendentes para la regulación del apetito. Estos, y otros experimentos limitados en humanos, indujeron a valorar la posibilidad de usar Liraglutide para tratar la obesidad, además de su indicación principal, desde 2010, la diabetes. Finalmente, Liraglutide comenzó a prescribirse para tratar la obesidad a partir del año 2014, si bien a una dosis doble de la prescrita en la diabetes. Sin embargo, la pérdida de peso apenas superaba el 5%. Novo Nordisk continuó investigando en la galénica del GLP-1 al objeto de lograr una formulación de acción prolongada, superior a las 24 horas. Fruto de esta línea de trabajo se obtuvo Semiglutida; aprobada en 2017, sólo requería una administración semanal; logrando una reducción ponderal superior al 15% (el triple que los mejores resultados obtenidos con Liraglutide (Saxenda®). Semiglutide se comercializó como Ozempic®. Al principio no se podía prescribir oficialmente para tratar la obesidad. En 2018, un año después de su autorización como antidiabético, Novo Nordisk inició un ensayo clínico que determinó su autorización por la FDA2 estadounidense como anorexígeno. Sin embargo, antes de su aprobación formal, muchas personas ya se lo inyectaban para dicha finalidad. No en vano, y de manera muy astuta, la ficha técnica del medicamento indicaba como “efecto secundario” la notable pérdida de peso. Muy pronto, Semigluide (Ozempic®) se prescribía más contra la obesidad que para la diabetes. En un intento de expandir las ventas de Ozempic® (y su versión galénica modificada, Wegovy®) se intenta que estos fármacos se prescriban de manera protocolizada a los pacientes psiquiátricos tratados con antipsicóticos y/o antidepresivos para prevenir el posible aumento de peso asociado, aunque no siempre, a estos tratamientos. Muchas veces, sobre todo para lograr la cobertura de las compañías aseguradoras, los médicos la prescriben para el La industria farmacéutica vio en este cambio (la consideración de la obesidad como una enfermedad) una importante área de negocio en su afán de medicalizar a la sociedad
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