BIFAR132
Bifar 41 i tía murió a los 94 años. Durante su breve enfermedad apenas tuve ocasión de visitarla porque los años le cerraron, además de la mente, la capacidad de empatizar con los demás y nos odiaba a todos, en especial a mí... aún me pregunto cuál era la razón de aquel odio. Poco antes de decirnos adiós acudí a des- pedirme de mi tía. Fui a su casa sabiendo que a ella no le gustaba que traspasáse- mos los límites de una intimidad que había blindado alejándose en medio de una masía en el campo. Mi primo, su único hijo también muy mayor, me pidió aquel día que le trajera un camisón para cambiarla y cuando fui a la habitación y abrí uno de los armarios, cerrados con llave como el resto, descubrí algo que luego supe que nunca tendría que haber mirado. En ese armario había un botiquín perfecta- mente diseñado, las cremas y las pomadas juntas, los jarabes por otro lado, los colirios y las pastillas, las cajas más numerosas, estaban incluso ordenados alfabéticamente. El desorden que reinaba en la casa parecía no haber afectado a aquel armario donde las cajas de medicamentos estaban colo- cados a la perfección, aunque estuvieran ya caducados. Aluciné, pensado que muchas de las cajas estarían vacías, pero no, todas las cajas de pastillas estaban prácticamente llenas y muchas de ellas ni siquiera parecían haber sido abiertas. Mi primo abrió los ojos tanto como yo cuan- do le enseñé lo que había descubierto en su propia casa y entonces entendí que él nun- ca había sospechado que mi tía guardase aquel botiquín porque ya se encargó ella de decirle que allí sólo había cosas de muje- res... y él, claro, era un hombre, un hombre con escaso interés y menos curiosidad. Entendí que mi tía había ido religiosamente al médico para que le prescribiera su medi- cación o se encargó de que su hijo se la tra- jera, incluso se trajo los medicamentos que hace un año le habían dado en el hospital. ¡Yo creía que se tomaba lo que le traía de la farmacia!, exclamó mi primo desconcertado y desconociendo que lo que mi tía hacia era acumular todas esas medicinas, sin saber muy bien para qué. Ella era de hierbas y cataplasmas, de infu- siones de rabos de cerezas, de parches y caramelos de menta y regaliz. Dos días más tarde de su muerte acudí a la oficina de farmacia del pueblo donde acu- día mi primo a comprar y le comuniqué al farmacéutico el arsenal que atesoraba mi tía en casa al objeto de pedirle permiso para llevárselo a la botica. El boticario me dijo que aquel episodio no era tan raro: “Ellos se han criado con muchas carencias, pasaron incluso hambre de pequeños y siempre han pensado que los medicamentos eran un lujo que des- de hace años podían tener a su alcance de manera gratuita”, explicó amablemente el farmacéutico acostumbrado a muchos ancianos cuyas joyas rezumaban una fór- mula magistral. “Tenemos un control exhaustivo de la dis- pensación de fármacos a los pacientes. Hacemos un seguimiento de la adherencia poniendo especial énfasis en las personas que viven solas y no tienen un familiar que les controle la medicación, aunque siem- pre hay alguien que no se toma los medi- camentos y los almacena” me comentó el farmacéutico, un profesional que llevaba dos décadas al frente de aquella botica de pueblo y que conocía perfectamente cuáles eran los achaques y enfermedades de cada uno de los vecinos del municipio. Pensé que aquella propuesta era como una gran idea y me ofrecí como informático a elaborar un programa que ayudase a reali- zar aquel control farmacéutico. Más tarde coloqué una a una todas aquellas cajas de pastillas, los jarabes, las pomadas y las cajitas de juanolas de distintos colo- res, con mimo pensé en el tiempo que mi tía dedicaba a tener su botiquín ordenado y me dirigí al punto Sigre de la farmacia. Entregué aquel tesoro donde debía estar. Supongo que mi tía me sigue odiando y yo sigo sin saber el motivo... l C OF Teruel Antonio Hernández Torres Presidente del COF de Teruel El desorden que reinaba en la casa parecía no haber afectado a aquel armario donde las cajas de medicamentos estaban colocados a la perfección, aunque estuvieran ya caducados LA MIRADA EXTERNA Un tesoro en pastilla
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