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Bifar 39 nología de laboratorio, se llegó finalmente al aislamiento del principio activo Artemisinina . Algunos años más tarde se descifró su com- pleja estructura molecular. Una de las más prestigiosas etnobotánicas de la actualidad es la norteamericana Cas- sandra Leah Quave, de la Universidad de Emory . Su infancia no fue fácil. Nació con varias deformidades en su pierna derecha que hicieron necesaria su amputación a la edad de tres años. Tras la operación sufrió gangrena estafilocócica de su muñón. Como todo niño, hizo virtud de la necesidad; y, como parte de ese encomiable afán de superación, decidió estudiar medicina y antropología, deri- vando su interés hacia la etnobotánica. Pron- to tomó conciencia de que conceptualmente la etnobotánica es anterior a la civilización. Muchos animales parecen «auto-medicarse» con determinadas plantas, evitando la toxi- cidad de otras. Es fácil observar en nuestro entorno más cercano cómo las vacas que pastan libremente durante el verano en los prados de montaña evitan una vistosa plan- ta, digital (por el aspecto de dedal de su flor abierta) ( Digitalis purpurea ). Existen otros muchos ejemplos: los mapaches se frotan con las hojas del árbol del té para disuadir a pulgas, garrapatas y piojos de buscar aco- modo en su peluda piel; los grandes simios ingieren hojas ligeramente tóxicas para evitar la infestación por helmintos (es preferible una leve intoxicación que las consecuencias cró- nicas de una infestación por gusanos). Nues- tros ancestros, más o menos simios, sobre- vivieron, y prosperaron, gracias a las plan- tas medicinales. Una tablilla sumeria datada de hace unos 3.000 años refiere 15 recetas con plantas tales como mirto, tomillo, sauce y otras, mezcladas con miel, cerveza o vino. Entre los años 50 y 70 a. C., Dioscórides viajó con los ejércitos de Nerón recopilando plantas medicinales con los que formulaba bálsamos, elixires y ungüentos. Redactó «De Materia Medica», un texto referencial durante más de 1.500 años. El descubrimiento de América trajo a Europa nuevos medicamentos, tales como la corteza del árbol de la quina (los «polvos del obispo de Lugo» como fueron conocidos en el Vati- cano), del que se extrae la quinina , durante mucho tiempo el principal remedio contra la malaria. [Hoy día es totalmente ineficaz por el desarrollo de resistencias]. En aquella época, y durante siglos posteriores, el mundo esta- ba plagado de «terra incognita», inexplorada. Sin embargo, solo a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX la etnobotánica llegó a ser una disciplina científica. Richard Evans Schultes fue considerado el padre de la etnobotánica. Durante 12 años convivió con tribus de la cuenca noreste del Amazonas. Participó en sus rituales y recopi- ló valiosa y hasta entonces ignorada informa- ción sobre remedios populares. A su regreso a Estados Unidos formó a varias generacio- nes de etnobotánicos en la Universidad de Harvard, muchos de ellos líderes de recono- cido prestigio internacional. bayas del árbol de la pimienta brasileña, intro- ducido como planta ornamental en muchos países occidentales, previene la formación de biopelículas por los estafilococos resistentes a la Meticilina . En opinión de la Dra. Quave, y otros expertos, tal vez haya que buscar aquí la estrategia contra la resistencia bacteriana a los antibióticos. Al menos conceptualmente, este tipo de moléculas se puede asociar con antibióticos para abordar determinadas cirugías o el tra- tamiento de infecciones ya instauradas por gérmenes multirresistentes . Durante la última década, la Food and Drug Administration (FDA) norteamericana solo ha aprobado dos medicamentos botáni- cos. El primero es Veregen ®, una mezcla de polifenoles denominados sinecatequinas , extraídos de hoja de té verde que se prescri- ben para tratar verrugas genitales. El otro fármaco derivado de la etnobotánica es Fulyzaq ® ( Crofelemer ), un derivado pro-antocianidina , con actividad antidiarrei- ca, hecho a partir de la resina de la cor- teza de un árbol ( Croton lechleri ), siendo la composición tan compleja que algunos componentes de la mezcla todavía no se han identificado. Sin embargo, la industria farmacéutica no es partidaria de preparados complejos por la dificultad de evaluación y estandarización. La investigación académica universitaria se financia con creciente frecuencia por la industria farmacéutica. Es muy difícil econó- micamente iniciar proyectos vanguardistas si no son de interés para patrocinadores con gran solvencia económica. Además, la investigación sobre nuevos antibióticos se enfrenta a dos problemas añadidos: el tiem- po de uso de los nuevos fármacos suele limi- tarse a unos pocos días a lo sumo (duración de los tratamientos); y las autoridades sani- tarias ponen trabas a su prescripción indis- criminada al objeto de preservar su eficacia terapéutica. Ambas circunstancias limitan las posibilidades de reembolso de la inver- sión, antes del vencimiento de la patente con la consiguiente aparición de versiones gené- ricas, más baratas. Finalmente, hay un aspecto de gran trascen- dencia. En el año 1992, más de 150 países firmaron el Convenio sobre la Diversidad Bio- lógica, un tratado que establece los dere- chos de los países sobre las medicinas tra- dicionales que se usan en su territorio, deter- minando que solo deben compartirse si los beneficios obtenidos tienen una distribución equitativa y no monopolística. El problema es que un estímulo de la inves- tigación de nuevos antibióticos no tendría una traslación inmediata a la farmacia. No menos de 10 años serían necesarios, en la mejor de las situaciones posibles. Por ahora nos hallamos con unos gérmenes cada vez más blindados y un ejército de antibióticos cada vez más reducido y “des- motivado” l . Richard Evans Schultes Alrededor del 25% de la farmacopea actual deriva de plantas y, sin embargo, solo una mínima fracción de las 50.000 plantas que se estima tienen propiedades medicinales se han estudiado a conciencia en el laboratorio. La Dra. Cassandra Leah Quave realizó diver- sos viajes iniciáticos a la amazonia peruana, pero también al sur de Italia, Albania, Kosovo, etc., aprendiendo por ejemplo que la hierba de San Juan mezclada con aceite de oliva es un cicatrizante para las quemaduras; que la nuez verde inmadura resuelve infecciones fúngicas; que el arbusto de hoja perenne Daphne gnidium es hemostático (frena las hemorragias superficiales) y antiparasitario; y que las moras son usadas en el sur de Italia contra forúnculos y abscesos. Todavía más: las raíces de mora pulverizadas trata- das con diversos disolventes impiden que los estafilococos resistentes a Meticilina ( SAMR – Staphylococcus aureus Meticilina-resisten- tes ) formen películas biológicas que les per- miten adherirse tanto a tejidos vivos como a dispositivos médicos tales como catéteres y sondas. El problema de la resistencia antibiótica sur- ge cuando se forman colonias de gérmenes. Cuando se alcanza una “masa crítica” las bacterias comienzan a fabricar masivamen- te toxinas, se intercambian material genético y modifican la estructura de muchas gluco- proteínas de membrana que otorgan resis- tencia a muchos antibióticos al bloquearles el acceso a sus dianas moleculares, bien en la pared celular, membrana celular o intra- celularmente. Una estrategia para mantener la eficacia de los antibióticos consistiría en “distraer” a las bacterias, a la manera de un mago con su auditorio. Estas sustancias, al no ser bactericidas, no ejercen una pre- sión evolutiva a favor del desarrollo de cepas resistentes. Muy recientemente el equipo de investigación de Cassandra Leah Quave descubrió que las
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